Hay viajes y lugares que necesitan reposar en tu memoria y apaciguar el tumulto de sensaciones vividas para procesar la información.

Al hablar de Peshawar, provincia Pakistaní en la frontera con Afganistán, todo lo que nos viene a la mente es terrorismo, extremismo islámico, una endeble situación de seguridad y demasiada tolerancia con sus hermanos talibanes de Afganistán. Geográficamente, comparten más de 1500 kilómetros de frontera, convirtiéndose en refugio de muchos afganos que huyen de las turbulencias de su país.

Sin embargo, la sorprendente realidad para el viajero que aterriza en Peshawar es encontrar una ciudad caótica y vibrante, con personalidad propia, aferrada a sus tradiciones y cuya gente de etnia pastún, hace honor a su legendaria hospitalidad y a la práctica del Pastunwali, un antiguo código de conducta y honor.

Peshawar es de esos lugares donde la historia ha dejado su huella, habitada ininterrumpidamente desde el siglo IV-VI aC, por la piel de la tierra de Peshawar, caminaron griegos, sasánidas, mongoles, hindúes, sijs, británicos. Su situación estratégica al borde del paso natural de Khyber hizo de esta ciudad un emplazamiento estratégico para las caravanas de la mítica ruta de la seda.

A cada paso hay un motivo para fotografiar y una curiosidad que te sorprende. El corazón de la ciudad late en sus bazares multicolor, en sus puestos de alimentos que se ordenan artísticamente. Olores y sabores que se mezclan en los puestos callejeros de comida donde los vendedores hacen acrobacias entre fuego y humo. Todo es tan auténtico y tan diferente que te inspira a captar esa diversidad y complejidad cultural en su propio entorno. La retina no puede filtrar a buen ritmo tanto estímulo, ni la mente procesar las infinitas imágenes de un lugar auténtico que representa el simbolismo de culturas que se resisten a ser uniformizadas.

Sonrisas, selfies e invitaciones continuas a un riquísimo chai, muestran el interés de los pastunes por los escasos extranjeros que visitan su ciudad. Si los viajeros somos gente exótica, me pregunto qué pensarán de las mujeres extranjeras. En todo momento la policía sigue nuestros pasos y discretamente nos brindan protección, aunque la amabilidad, el respeto y la hospitalidad es continua entre la gente. Welcome es el saludo que te repiten incansablemente.

La magnificencia y el empaque de los hombres de la etnia pastún te impresiona y te intimida. Sus rostros barbudos y sus elegantes turbantes, perfilan rostros de ojos y tez clara. Pronto intuyes que la cámara actúa de conector y que tus fotografías son bienvenidas. Peshawar es un tesoro para los fotógrafos y la meca de los retratos. El cuerpo a cuerpo con la mirada adquiere aquí una dimensión sideral. A menudo, fotógrafa y fotografiado intercambian papeles en un interés mutuo por conservar un recuerdo del encuentro.

Pero si hay algo que te impresiona y descoloca es encontrar un mundo de hombres donde las mujeres se han convertido en fantasmas que deambulan bajo un burka que las cubre de pies a cabeza. Solo una rendija claustrofóbica les deja ver un mundo rallado donde ellas son invisibles. Un choque cultural que como mujer te pellizca el corazón y te enfurece la razón. Agradeces haber nacido en otra parte del mundo mientras sientes una tremenda empatía hacia esas mujeres-fortaleza que viven en un aparheid por género. Viajar te enseña a ver aunque no comprendas...

Este es mi relato visual de Peshawar que nada tiene que ver con el documentalismo, es simplemente un relato de mis sensaciones en el lugar.